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Cuaresma 2010
Monseñor Emilio Simeón Allué, SDB
De nuevo la liturgia de la Iglesia nos hace entrar en el periodo de preparación a la Pascua
que tradicionalmente se ha llamado CUARESMA. Este término deriva evidentemente de los
cuarenta días empleados en diferentes eventos de la Historia Sagrada, incluido el Nuevo
Testamento. Es un periodo de penitencia, de oración, de meditación, de reconciliación y de
más acercamiento al Señor.
La Cuaresma de este año es especial. La Naturaleza parece que nos ha querido recordar
que somos seres débiles ante ella. El reciente terremoto de Haití, donde cientos de miles
perecieron, los incendios del oeste, los aludes de barro que siguieron a consecuencia de
ellos, las lluvias torrenciales y oleajes (‘tsunami’) en las zonas orientales, nos ponen en una
mentalidad de destrucción, de cataclismo y de muerte. Si añadimos además la parte
política y social de una vida de injusticias, fraudes y bancarrotas, desempleos y crímenes,
podríamos envolvernos con una capa de oscurantismo, pesimismo y depresión. Pero
tenemos un Dios que es Amor y que desea que nos salvemos para la eternidad.
Las consecuencias del pecado original están siempre presentes en nuestras vidas
manifestándose principalmente en el pecado, que es peor que todas las tragedias
naturales. La Naturaleza podrá quitarnos nuestras posesiones hasta la vida misma, pero
las tragedias físicas nunca podrán privarnos de la vida sobrenatural. Un tema muy usado
durante la cuaresma es la superioridad de la vida interior sobre las penitencias corporales.
Más que las disciplinas externas, el Señor busca la conversión del corazón, el orientar la
vida personal hacia Él mismo, el Salvador del mundo.
En esta cuaresma, como en otras, experimentamos tal vez la muerte y la destrucción, el
sufrimiento y la agonía de las enfermedades. Pero Dios siempre está presente
asistiéndonos con su gracia. Los males externos son nuestra penitencia que, como la de
Jesús, se debe convertir en redención y resurrección.
La cuaresma es el mejor tiempo que tenemos para amar, para reconciliarnos con Dios y
con los demás. Es tiempo de perdonar y de ser perdonados. Es tiempo de sentirse
solidarios con los pobres, los desamparados y los necesitados. Hacer penitencia es
también pensar en las necesidades de los demás, empezando con los más cercanos, en la
casa, en el trabajo, saber anticipar y adivinar en qué les puedo ayudar, darles una palabra
de ánimo o consuelo.
Los tradicionales ‘ayuno y abstinencia’ podrían tener hoy día un valor más caritativo y
solidario si lo enfocamos todo con el amor a Dios y a los necesitados. Las circunstancias
históricas del año 2010 nos ofrecen muchas ocasiones de reafirmar nuestra fe, nuestra
esperanza y sobre todo nuestro amor en solidaridad con los demás.
+ Mons. Emilio

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