El misterio del amor de Dios
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Gaceta Católica Hispana de la Archidiócesis de Boston
En medio de la crisis global que vivimos, acabamos de pasar por la Semana Santa, donde se expresan los
contenidos máximos de la fe de nuestra Iglesia. La fe en el misterio de Pascua de Jesús, que nos salva a través de
su muerte y su resurrección.

El drama de la Pasión, la mañana de la Resurrección, el nacimiento de la Iglesia (que viviremos en Pentecostés)
como consecuencia de la misión dada por Jesús resucitado a sus discípulos. Todo esto forma un todo dentro del
diseño del amor de Dios por nosotros.

Y ¿por qué nos ama Dios? No parece que sea porque lo merezcamos. Si escarbamos un poco en la naturaleza
humana y en sus obras, el espectáculo no puede ser más desalentador, por mucho que la corrección que debe
regir la conducta humana nos impulse siempre a sonreír y decir que todo va bien. Eso es lo política y
socialmente correcto. Es decir, la hipocresía.

La realidad, la verdad, es otra. Todo ser humano tiene en su corazón, más o menos escondida, una herida
profunda. La herida de la falta de amor, de la incapacidad de amar de verdad. Las consecuencias de nuestros
pecados: el sufrimiento y la muerte. Esa oscura realidad quita sentido a nuestra vida. Nuestras limitaciones,
nuestras impotencias, nos tienen, en el fondo, sumidos en la angustia.

Quizá por eso nos ame Dios, porque nos ve sufrir. “
He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, he escuchado
el clamor ante sus opresores y conozco sus sufrimientos.


Pero Dios no es un mero espectador del sufrimiento humano.  Ya a continuación de lo anterior, el mismo Dios
se compromete en la salvación de la humanidad, si bien por ahora en la figura de su pueblo, Israel. “
He bajado
para librarlo de la mano de los egipcios y para subirlo de esta tierra a una tierra buena y espaciosa; a una
tierra que mana leche y miel…


El libro de la Sabiduría descubrirá la universalidad del amor de Dios. “
… Te compadeces de todos porque todo
lo puedes y pasas por alto los pecados de los hombres para que se arrepientan. Amas a todos los seres y no
aborreces nada de lo que hiciste; pues, si algo odiases, no lo habrías creado.


Este amor que Dios nos tiene alcanza su expresión definitiva e impresionante en la encarnación de su Hijo, su
vida entre nosotros, su pasión, muerte y resurrección. “Dios se hizo hombre”. Esta frase, para nosotros tan
corriente por nuestra tradición de fe, es desde todo punto asombrosa. Tanto es así, que la gente de otra tradición
religiosa escucha esto con asombro, incredulidad y hasta indignación.

¿Cómo es posible que el creador del universo, que habita una luz inaccesible, a quien nadie ha visto ni puede ver,
se haya humillado a sí mismo hasta tal punto? ¿En qué cabeza cabe que Dios se haga pequeño, vulnerable,
sufriente, se entregue al desprecio, la burla, el insulto, la tortura e incluso la muerte, y, como dice la Carta a los
filipenses, una muerte de cruz? Esa muerte estaba reservada para los criminales de la peor especie, gente además
baja y sin derechos (un ciudadano romano no podía ser crucificado).

Es increíble, literalmente, al extremo a que ha llegado el amor de Dios por nosotros. Como dice el Evangelio de
Juan justo antes de comenzar la Pasión: “
Habiendo amado a los suyos, que estaban en el mundo, los amó hasta
el extremo.


Ya lleva diciendo la Iglesia desde hace siglos que lo único digno de ser el centro de nuestra vida es la experiencia
del amor de Dios mostrada en Jesucristo y su contemplación. El resto es vanidad.
Editorial
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EDITORIAL
Fernando Fernández-Arellano