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Fernando Fernández-Arellano
El voto hispano
Los hispanos son una fuerza creciente en la intención de voto en este país. Al menos así lo
empiezan a reconocer los medios de comunicación. Eso significa que los políticos empezarán
(algunos ya han empezado) a preocuparse por conseguir el voto hispano.
Esto, en principio, es una buena noticia. Sin embargo, conviene ser prudentes, porque no es
oro todo lo que reluce. A la hora de buscar un candidato al que votar hay que tener en cuenta
una serie de cosas.
Lo primero, y no seamos ingenuos, es que el candidato lo que busca es salir elegido. No
busca primariamente el bien de los hispanos, diga lo que diga, sino su propio bien. Si para
eso piensa que debe halagar a los hispanos y prometerles un millón de cosas, lo hará. Eso no
significa que luego vaya a cumplir lo prometido.
Un célebre político español, ya fallecido, dijo una vez a un periodista que las promesas
electorales no son para cumplirlas. Con esto ya está todo dicho en ese área. Claro está que a
alguno hay que votar, pero conviene ser realistas y examinar bien toda la información que
tengamos del candidato y de su partido. Luego podremos votar con la cabeza, no con un
impulso repentino o por mera credulidad.
Otra cosa es que hay que contemplar al candidato y a su partido en el trasfondo de toda su
política, no sólo lo que prometan a los hispanos. Por supuesto que siempre buscaremos cosas
específicas, como su política de inmigración, su política laboral, de seguros médicos, etc.,
pero también debemos ver cuál es su postura ante temas éticos y morales. Por ejemplo, su
actitud ante la Iglesia y la religión en general. Su postura ante los grandes temas en discusión
hoy en día, como el aborto, el divorcio, la eutanasia, el “matrimonio” entre homosexuales, etc.
No podemos dejarnos comprar para renunciar a toda nuestra tradición moral y religiosa. Sería
tanto como hacer como Esaú, y vender nuestra primogenitura, nuestra herencia católica, por un
plato de lentejas.
El voto hispano está cobrando cada vez mayor importancia. Usémoslo bien. Usémoslo para
mejorar la sociedad, no sólo para conseguir beneficios personales. Usémoslo para dejar un
mundo mejor a nuestros hijos, para devolver a occidente su fuerte componente moral basado
en el Evangelio. Apoyemos a la Iglesia en sus iniciativas sociales. Apoyemos a nuestros
Obispos cuando plantean los grandes temas morales a los ciudadanos. Apoyémoslos cuando
las fuerzas hostiles de nuestra sociedad buscan hacerles callar, porque no soportan el sonido
de la verdad.
Un ciudadano responsable es el que mira por el bien de todos. Los católicos tenemos un
concepto del bien que nos ha llegado de nuestra educación según la ley de Dios, que es quien
realmente quiere el bien de todos. Dios quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento
de la verdad. La Iglesia es la luz del mundo. Iluminemos, pues, como miembros de ella, para
que el mundo reciba esta luz, también en el plano político.

