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Monseñor Emilio Simeón Allué, SDB es Obispo Emérito de la Archidiócesis de Boston y Vicario Episcopal para el Apostolado Hispano.
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Publicado el 19 de Enero de 2012
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En las últimas semanas hemos recibido la noticia de la aprobación de un milagro atribuido a la
Beata Kateri Tekakwitha. Fue estudiado y aprobado por la Oficina de las Causas de
Beatificación y Canonización de la Santa Sede en el Vaticano. El Cardenal Amato , prefecto
de la Oficina, lo presentó al Papa Benedicto XVI como el último requisito del proceso para la
canonización de la Beata Kateri.
La Iglesia la declarará SANTA en un futuro próximo dando así un nuevo santo a los nativos de
Norte América. Los hispanos contamos ya con otros nativos de América que han sido
declarados santos, como Santa Rosa de Lima, San Martin de Porres y San Juan Diego, de la
nación azteca. Ahora, más cerca de nosotros geográficamente, una santa nativa de la tribu
Mohawk que nació y vivió en la zona norte de Nueva York y Canadá.
Kateri Tekakwitha nació en 1656 y era hija de un jefe guerrero de la tribu de los Mohawk,
llamado Kenhoronkwa, y de una madre cristiana de la rama Algonquin, llamada Kahenta.
Cuando tenía 4 años de edad, hubo una plaga de viruela en la zona, que fue la causa de que
murieran sus padres y parientes, y que afectó malamente a Kateri. Un tío suyo, Ioverano, la
recogió y la cuidó. Pero como consecuencia de esa epidemia, Kateri quedó afectada de la
vista y su cara muy lacerada con las llagas de la viruela.
La fe católica había llegado a esa nación por la obra misionera de los Padres Jesuitas, que
dieron su vida en martirio por la salvación de los nativos Mohawks. Diez años antes del
nacimiento de Kateri, moría martirizado San Isaac Jogues. A la edad de 20 años, Kateri
recibió el sacramento del Bautismo, lo cual la separó de sus connacionales que la
persiguieron por hacerse cristiana. Practicó las virtudes cristianas en sumo grado, siendo un
ejemplo vivo, especialmente en la virtud de la castidad. Kateri oraba continuamente y daba
ejemplo de devoción al Santísimo Sacramento.
La nueva Santa murió el miércoles de Semana Santa, el 17 de abril de 1680. Sus últimas
palabras fueron Iesos konoronkwa (“Jesús, te amo”). Los que estaban presentes en el
momento de su muerte, testifican cómo su cuerpo adquirió un resplandor especial, emanando
una luz sobrenatural. Las llagas de su rostro desaparecieron quince minutos después del
fallecimiento, y su rostro adquirió una belleza extraordinaria, con una piel fina y suave.
El vice postulador de su causa de canonización,Monseñor Paul Lenz, escribe:
“Su vida fue una vida increíble. Los documentos de antes y después de su muerte
demuestran que era una mujer santa. Ella amaba la Iglesia. Practicaba toda clase de
penitencias. Amaba el Santísimo Sacramento, delante del cual oraba siempre que podía.”
Esperemos que pronto el Santo Padre, Benedicto XVI, la proclame santa para bien y ejemplo
de la Iglesia Universal.

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