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Blog Obispo Allué
Monseñor Emilio Simeón Allué, SDB es Obispo
Emérito de la Archidiócesis de Boston y
Vicario Episcopal para el Apostolado Hispano.
La Virgen de los Dolores
Publicado el 20 de Septiembre de 2011
Queridos amigos hispanos:

En estas últimas semanas de verano hemos celebrado como buenos cristianos varias fiestas de la
Virgen: El 15 de agosto La Asunción de la Virgen al Cielo; el 22 de agosto María, Reina del Cielo y
Tierra; el 8 de septiembre el nacimiento de la Virgen María; el 12 de septiembre el Santísimo y Dulce
Nombre de María; el 15 de septiembre La Virgen Dolorosa. La verdadera devoción a nuestra Madre del
cielo no nos hace olvidarla durante tantas fechas del año litúrgico. Además de las litúrgicas los hispanos
tenemos las tradicionales de nuestros países latinos. En otra ocasión más adelante hablaremos de ellas.

La Virgen Dolorosa está unida también a nuestra devoción como hispanos que hemos venerado tanto al
Señor  sufriendo en la Cruz, como las procesiones de su Pasión en Perú. En la Virgen dolorosa la Madre
de Dios con sus dolores y sufrimientos vemos al modelo de cristiano que sufre por Cristo y con Cristo.

La práctica del Vía crucis durante la cuaresma especialmente nos hace vivir los sufrimientos de Jesús
por nosotros a los cuales se unió la Virgen con los suyos de madre junto a la Cruz. El himno tradicional
del Stabat Mater Dolorosa que se canta en las catorce estaciones del Vía crucis nos puede servir de
meditación durante estos días de septiembre. La versión en español es la siguiente:
Por los pecados de su gente,
vio a Jesús atormentado
y castigado con azotes.

Vio a su dulce Hijo
morir abandonado
cuando entregó el espíritu.

¡Ea, Madre, fuente de amor
déjame sentir tu duro dolor
y así llore contigo!

Enciéndeme el corazón
en amor a Cristo Dios
para que le agrade en todo.

Haz también Madre Santa
que en mi corazón se graben
hondamente las llagas del Crucificado.
Qué la Virgen Dolorosa nos enseñe a soportar los sufrimientos de cada día por amor a Cristo y a los
demás.
De pie, la Madre dolorosa
lloraba junto a la Cruz,
mientras pendía el Hijo.

Su alma gimiente,
triste y dolorida,
una espada traspasaba.

¡Oh qué triste y afligida
estuvo aquella bendita
Madre del unigénito!

Se angustiaba y se dolía
la Madre piadosa viendo
las penas de su Hijo.

¿Quién podría no llorar
viendo a la Madre de Cristo
en tan cruel suplicio?

¿Quién podría no entristecerse
contemplando a la Madre de Cristo
sufrir con su Hijo?
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