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El Mensajero
Editorial
Fernando Fernández-Arellano
¿Primera y última Comunión?
Estamos en el mes de Mayo, tradicionalmente el mes en que celebran la Primera Comunión
infinidad de niños. Mayo, mes de María, es un mes que llama a la celebración, al la fiesta, a la
alegría.

La celebración de la Primera Comunión es un hito en la vida de los niños, o solía serlo. Yo la
recuerdo muy bien. En una edad donde todavía (al menos en mi época) no se ha perdido aún
la inocencia, esta celebración acerca a los niños a Jesús, como Él mismo pide en el Evangelio.
Por desgracia, como tantas otras cosas de la vida de la Iglesia, también ésta ha sido tocada
por el secularismo, el consumismo y la crisis de fe. Con frecuencia vemos que los padres,
primeros educadores en la fe de sus hijos, parecen dar más importancia a la fiesta y los
regalos que a la comunión misma. A los catequistas les cuesta muchísimo tener reuniones con
los padres para hablar con claridad del progreso de los niños en el conocimiento de la doctrina
católica básica imprescindible para que puedan hacer bien la Primera Comunión.

Hay niños que se presentan a las clases a mitad de curso, y cuyos padres preguntan si el niño
puede hacer la comunión ese mismo año. Si se les contesta que se deben preparar dos o tres
años, miran al catequista como si fuera algún visitante de un mundo lejano, aunque no suelen
decir nada. Da la impresión de que no les preocupa ni mucho ni poco la formación que su hijo
tenga; tan sólo que el catequista le “pase” para que pueda hacer la comunión cuanto antes.

Se constata también a menudo, que la mayoría de las familias de esos niños no vienen con
regularidad a Misa los Domingos, y que, por tanto, los niños que se están preparando
tampoco. La conclusión es que sí, los niños tomarán su Primera Comunión en la fecha
prevista, pero habría que preguntarse si esa Primera Comunión no será también la última,
luego de que la expectación de la fiesta y los regalos ya no exista.

La falta de una fe madura en los padres, que a menudo ni siquiera están casados por la Iglesia
(aunque casi todos te dicen que tienen mucha fe), es la causa de que las nuevas generaciones
dejen en masa la Iglesia. Cuando se acaba el tiempo en que los papás les llevan de la mano a
la Iglesia (si es que lo hacen), se acaba también la asistencia de los jóvenes, a menudo para
siempre.

¿Cómo pueden nuestros hijos tomarse la Iglesia y las cosas de Dios en serio cuando los
padres no lo hacen? Dice Jesucristo: “Sus hijos serán sus jueces.” ¿Quieres saber si alguien
tiene realmente fe? Mira a sus hijos.